Parque Güell.
Regreso a Utopía.

En un mosaico hexagonal de la entrada al Parque, hoy desaparecido y sustituido por otro, se documentaba una fecha y un lugar: Reus, 1898. La misma fecha aparece en una inscripción del Palau Güell, junto a las Ramblas barcelonesas, acompañada de unas copas de champan. En la arquitectura de Gaudí nada es gratuito, hasta el más nímio de los detalles decorativos tiene su razón de ser, y el de esta fecha tiene su especial significación. Indica la celebración, por parte de Güell y Gaudí, de la compra de los terrenos de Barcelona donde el empresario-mecenas y el arquitecto iban a levantar un proyecto urbanístico digno de la isla Utopia de Tomás Moro. Ocurrió en el hotel Londres, de Reus, el 25 de junio de 1898, después de haber concluido el acuerdo de compra de la finca Can Muntaner de Barcelona, perteneciente a Salvador Samà, marqués de Marianao. Las negociaciones se llevaron a cabo en el parque modernista de Can Samà, que el Marqués se hizo construir en Cambrils. Las copas de champan indican que la celebración fue hecha por todo lo alto, como si sus protagonistas se sintiesen especialmente felices del acontecimiento.

Utopía y Realidad.

Barcelona parece un escenario adecuado para hacer realidad las utopías que el mundo occidental ha ido creando a lo largo de los siglos. Sus arquitectos siempre han tenido esa rara inclinación. El último de ellos ha sido Oriol Bohigas, recreando la Icaria mítica en esa Nueva Icaria de la Villa Olímpica. Antes fue Ricardo Bofill, con la torre roja del Walden 7, quien intentó hacer piedra el sueño americano de Henry D. Thoreau y de su mito Walden (ampliado por Skinner en Walden 2). Pero el primero de esta serie, y también el más genial, fue sin duda Antonio Gaudí. Su Park Güell representa la más cercana y certera plasmación en la realidad de lo que fuera ese mito sempiterno occidental de Utopía, Icaria, Nueva Atlántida o cualquier otro nombre que se dé a esa idea onírica de una comunidad perfecta insertada armónicamente en la Naturaleza. Y nunca ningún arquitecto occidental logró tal feliz síntesis entre naturaleza, urbanismo y arquitectura como en esas 15 hectáreas barcelonesas del Parque Güell. Arquitecto y mecenas, Gaudí y Güell, poseídos ambos por la misma pasión y la misma mística, abordaron su trabajo con alegría infantil, también con un claro sentido de trascendencia. Iban a construir, a hacer realidad, el sueño humano más recurrente y utópico, un mundo feliz. Pero también con alto grado de exigencia, tanto en las formas arquitectónicas como en otros aspectos.

La Isla.

La finca Can Muntaner se extendía en la ladera de la barcelonesa Muntanya Pelada, un nombre poco alentador para levantar una ciudad-jardín. Para que el recinto tuviese medidas míticas Güell tuvo que adquirir terrenos adyacentes hasta completar un espacio geométrico de 15 hectáreas de 7 lados, subdivididos en 60 triángulos exactamente iguales -las futuras parcelas-, cerrado todo el conjunto por un alto muro perimetral que ya de por sí es una primera declaración de intenciones: pared de piedra simple con ventanales enmarcados y recubierto de cerámica curva, un incomparable contraste entre material fuerte y simple, la piedra, y otro alegre y frágil, la cerámica, dicotomía complementaria y omnipresente en todo el recinto. El muro presenta numerosos óvalos con las inscripciones "Güell" y "Park", esta última claro exponente del modelo urbanístico y social en el que Gaudí se inspiró, los conjuntos de los colleges ingleses en los que se unen estudio y convivencia entre individuos autosuficientes. La urbanización, o ciudad-jardín, aparece pues como una isla separada o al margen del resto urbano, un espacio bien delimitado y pensado para un tipo humano autónomo. No se pensó como una urbanización especulativa. De hecho solo tres hombres, tres familias, superaron los altos requisitos establecidos por la oficina de ventas de las parcelas, situada en el Palau Güell: el abogado Martín Trías, masón, el mismo Güell y Antonio Gaudí. No se trataba tan solo de dinero. La comunidad del Parque tenía que reunir otras cualidades más intangibles.

Símbolos de Piedra.

El Parque rezuma simbolismo por los cuatro costados. Los siete lados y las siete puertas recrean la Tebas griega, ciudad especialmente predilecta para los gnósticos y los masones, ambigüedad gnostico-católica muy presente en la Barcelona del Modernismo (el célebre restaurante Set Portes, de la Barceloneta, refugio de masones inquietos). De las siete puertas diseñadas para el Parque tan solo tres fueron construidas, y aún parcialmente. La actual puerta principal, de la entrada, representa una parte del original, aunque ya de por sí misma resulte espectacular. La verja de entrada no es la suya, en origen. Proviene de la que había en la casa Vicens, la primera obra notable de Gaudí. Los dos pabellones que la flanquean, a izquierda y derecha son puros símbolos oníricos, extraídos del inconsciente y de los sueños. El de la izquierda, más grácil y pequeño, actualmente librería, estaba pensado como vestíbulo para visitantes. Es de planta ovalada coronado por una alargada torre helicoidal con cruz de seis direcciones y una cúpula sinuosa recubierta de cerámica troceada, en forma de escamas azules y blancas que producen una exquisita sensación irisada en los destellos. La coronación, en realidad una salida de aire, representa una amanita muscaria, símbolo alucinógeno de cuyos efectos algo deberían saber Gaudí y Güell. El pabellón de la derecha estaba destinado al conserje del Parque, ocupado por un colono de los Güell. Es más espacioso, con dos plantas y desván, también cubierto por cerámica de escamas y la mencionada amanita. Su cubierta parece representar una silla de elefante, y las hachas que forman las cerámicas hacen pensar en un simbolismo masónico, el del trabajo.

Escalinata, Templo, Teatro.

Posiblemente la figura más universalmente conocida de Antonio Gaudí sea ese dragón que parece abrevarse, satisfecho, en una fuente. Los amantes del Gaudí-alquimista tienen una ingente cantidad de símbolos en la escalinata imperial que da acceso al corazón del Parque. Realmente todo el poder de la estética gaudiniana se desborda en esa pequeño tramo de escaleras. Su increíble maestría como decorador e incluso escultor queda patentizada en cada uno de los detalles, desde los mosaicos hexagonales, almohadillados, hasta las figuras del dragón (salamandra alquímica), la cabeza de serpiente con orejas, o la piedra filosofal enmarcada en el "omphalos", u ombligo del mundo, que corona el centro de la escalinata. El banco final, como si estuviese excavado en una concavidad, tiene forma de máscara trágica de la antigüedad helénica, uniendo con perfecta sutileza la escalinata imperial con la sala hipóstila superior, considerada por unos Templo y por otros Mercado, aunque seguramente para Gaudí no existió tal dicotomía, sino que entendía ese espacio como área de contacto de la comunidad. Contacto armónico, civilizado, perfectamente enmarcado en el aire dórico de las columnas. Templo o mercado, es indiferente. La penumbra lograda en esa columnata es de una intensidad inigualable. Cuatro soles, con sus lunas, parecen alumbrar desde el techo un juego de luz y sombras estacionales entre el laberinto de las 84 columnas dóricas, de fuste simple y de capitel suavemente empotrado en las concavidades del techo, como si fuera un colchón invertido y aplastado por el peso de la enorme plaza-teatro que se levanta por encima, probablemente la zona más popular de todo el Parque. Si el Templo-Mercado significa relación pragmática, civilizada y sujeta a reglas clásicas, el espacio superior de la Plaza-Teatro deja las riendas libres para los aspectos lúdicos. Originalmente ese fue el uso que se le dió a esa plaza desde que Güell cedió el Parque al Ayuntamiento de Barcelona. Allí se celebraron representaciones teatrales, carreras de coches, partidos de fútbol y bailes y fiestas populares. El sinuoso banco que lo circunda, obra maestra hasta en el más insignificante detalle, daba a los espectadores una perfecta panorámica del espectáculo a representar, así como uno de los mejores balcones sobre Barcelona. La minuciosidad de las composiciones sobre cerámica troceada, el famoso "trencadís" gaudiniano, es de tal belleza e imaginación que el espectador contemporáneo puede pasarse horas ensimismado no con el espectáculo -de turistas culturales- de la plaza sino, con esa magnificencia y explosividad creativa de los mosaicos de su espalda.

Los Pórticos.

A la izquierda de la plaza del Teatro se abre el acceso al conjunto monumental de Los Pórticos, otro de los elementos más vistosos del Parque, un portento arquitectónico y un derroche de originalidad gaudiniana. Las columnas exteriores del primer tramo de estos pórticos están inclinadas hacia dentro con la finalidad de soportar los empujes de los pesos superiores. Se trata de una larga bóveda que simula una ola marina, acoplada al serpenteante zig-zag de la ladera de la montaña. Este tramo se conoce como el Pórtico de la Lavandera, en honor a una de las figuras más exóticas y misteriosas de todo el Parque, una imagen sobre-esculpida en una de las columnas que representa a una mujer llevando un cesto en la cabeza. A menudo esa imagen ha sido interpretada como un homenaje gaudiniano a la figura de la Hermana Masona, llevando el cesto de manzanas sobre su cabeza. Su rareza sin duda estimula las imaginaciones sobre la cosmovisión de Gaudí, bien patentes en el resto del parque, por otra parte. Los materiales empleados tanto en las esculturas como en las bóvedas y los muros inclinados fueron extraídos del mismo terreno, por deseo expreso del propio Gaudí, cuya obsesión era de carácter marcadamente naturalista, haciendo de la Naturaleza su modelo. Esta idea queda perfectamente plasmada en el segundo tramo de los Pórticos, el llamado del Brindis, por simular los capiteles de sus columnas unas copas helicoidales, aunque miradas con más detenimiento también podrían ser troncos de palmeras retorcidos sobre sí mismos, como arremolinándose para multiplicar su capacidad de resistencia, idea que se manifiesta estéticamente en el conjunto de éste pórtico y el inferior, uno sobre el otro, como ayudándose mutuamente en la titánica tarea de sostener el peso del Mundo. Este último tramo de los Pórticos ha sido visto como un recuerdo gaudiniano de las famosas torres humanas de su tierra natal de Tarragona, y sin duda alguna, visto desde lejos, la evocación es más que evidente.

Urbanitas .

Ya dijimos que el Parque era la isla Utopía, aunque para ser más rigurosos tendríamos que llamarle Nueva Atlántida, por las conexiones y complicidades entre Gaudí, Güell y Jacinto Verdaguer, autor del poema épico "Atlàntida", el símbolo literario por excelencia del Modernismo catalán y de la efervescencia cultural de la Barcelona de principios de siglo. Aquel movimiento, y aquellos hombres, también tenían un ideal humano. El de la "urbanitas" clásica: hombres civilizados, cultivados, que hicieran del trabajo (Labor) su herramienta para transformar el mundo. Y a la vez iniciados en algún tipo de religión sincrética entre el catolicismo, el gnosticismo y la masonería. La "urbanitas" implicaba muchas cosas, la filantropía entre las primeras, también una cosmovisión del Mundo y del Hombre y un altísimo sentido de la responsabilidad y del deber, amén de la alegría, la educación y la felicidad. Resulta increíble que de las 40 parcelas puestas a la venta sólo se adquiriesen tres, con sus correspondientes casas construidas. El propio Güell pasó a residir al Parque, en el palacio que se hizo reconstruir a la entrada. Gaudí hizo construir la suya a un arquitecto colega, habitándola de 1906 a 1926 y actualmente convertida en el Museo Gaudí. El tercer "hermano" fue Martín Trías, abogado y amigo de ambos. A nadie más le fue permitido instalarse en el Parque, todo y que las solicitudes fueron muchas. Las parcelas ya estaban divididas, los caminos interiores y los muros de contención de la ladera montañosa ya estaban construidos. ¿Acaso no encontrarían aquellos tres hombres a nadie más en toda Barcelona que cumpliese sus requisitos de hermandad y de "urbanitas"? Probablemente pensaron que con ellos tres ya había suficiente y que un cuarto o un quinto ya sería demasiada multitud. En 1922, después de la muerte de Güell, el Parque pasó a propiedad municipal, que lo abrió al público, aunque Gaudí y Trías seguían habitando sus casas respectivas. Su deterioro corrió tan deprisa como su uso público y sufrió amputaciones vandálicas, especialmente los mosaicos del banco de la Plaza-Teatro, arrancados de cuajo. El 1969 fue declarado monumento historico-artístico e inició su rehabilitación, hoy en dia perfectamente lograda. Está declarado Patrimonio Mundial por la Unesco, lo que le asegura una larga vida. ¿También a su mensaje

 

 
 
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